Rolando Daza
Apunte:
La primavera llegó, con ella el calor y la demanda de agua. Ante esta situación, se observan pocas acciones orientadas a minimizar el problema hídrico; México enfrentará una presión hídrica creciente por sequías más intensas, sobreexplotación de acuíferos, crecimiento urbano y mala gestión.
Los gobiernos federal y de los estados, poco han hecho para buscar resolver la escasez de agua, esto no depende de una sola acción, sino de una estrategia más profunda en varios niveles, con menos política y más acciones.
México necesita pasar de reaccionar a crisis a planear a largo plazo, entre las que se encuentra fortalecer a CONAGUA con mayor autonomía técnica y menos uso político, negociar por cuencas hidrológicas, no por municipios.
Asimismo, se debe hacer más eficiente el uso agrícola, ya que el campo consume alrededor del 70–75% del agua en México. En este sector, se encuentra el mayor potencial de ahorro o mejoramiento.
Por otra parte, y no menos importante, gran parte del agua en las ciudades se pierde antes de llegar a la gente. Se deben reparar fugas (en ciudades como León o CDMX se pierde hasta un 40%), reutilizar aguas residuales tratadas para riego, industria o limpieza urbana, y la captación de agua de lluvia en viviendas (Monterrey ya vivió una crisis severa que obligó a estos cambios). Se requiere la construcción y mantenimiento de presas, de plantas de tratamiento y reutilización.
Un factor vital para que todo funcione (no solo en las zonas urbanas, también en el campo) es la educación y un cambio cultural es requisito; sin esto, nada funcionará. Deben producirse campañas para reducir el consumo doméstico y el cuidado del agua. En las escuelas la cultura de ahorro debe de enseñarse. La responsabilidad empresarial en uso del agua es básica.
Además, la participación y consideración del combate al cambio climático, el cual va desde reducir emisiones (energía, transporte, industria), hasta adaptar ciudades a sequías y lluvias extremas más frecuentes.
Siempre que se habla de agua, es preciso hablar de infraestructura, de gestión, de inversión. Pero también, hablar de agua es hablar de poder. En México donde la disponibilidad del recurso contrasta con retos crecientes de calidad, contaminación y administración, esta reflexión cobra especial relevancia. La infraestructura hídrica del futuro no puede diseñarse de espaldas a la realidad social.
El agua no es neutral. Su acceso, su control y su gestión reflejan, y muchas veces también amplifican, las desigualdades existentes.


