El caso de los llamados “tranvías turísticos” en San Miguel de Allende no debe verse sólo como un conflicto entre concesionarios y el gobierno municipal. El fondo es más importante: cómo se protege una ciudad histórica, turística y patrimonial cuando su centro comienza a saturarse.
Desde esa óptica, la decisión del edil de San Miguel de Allende fue acertada.
San Miguel de Allende no es una ciudad diseñada para que unidades turísticas de gran tamaño circulen sin límites por su zona más sensible. Su valor está en sus calles, su imagen urbana, su experiencia peatonal, su arquitectura, su vida comunitaria y su atractivo como destino internacional. Si el turismo empieza a afectar eso, entonces deja de ser una política de desarrollo y se convierte en un factor de deterioro para la ciudad que pretende impulsar.
En distintas ciudades del mundo ya se entendió esta lógica. Ámsterdam restringió el ingreso de autobuses pesados al centro y movió puntos de ascenso y descenso hacia zonas periféricas para evitar que entren a calles estrechas y congestionadas. Venecia regula el acceso de autobuses turísticos mediante una zona especial para ordenar el flujo de visitantes y proteger la vida cotidiana de sus residentes. Dubrovnik limita el acceso vehicular alrededor de su ciudad antigua para reducir congestión y cuidar su patrimonio. Florencia, otro destino histórico, opera con una Zona de Tráfico Limitado en su centro.
Es decir, no se trata de estar contra el turismo. Se trata de entender que las ciudades turísticas más valiosas del mundo no se cuidan permitiendo todo, sino regulando mejor.
San Miguel necesitaba exactamente eso: orden.
Los prestadores de servicios turísticos tienen derechos, pero el espacio público no puede administrarse sólo por presión económica. El municipio tiene la obligación de cuidar la movilidad, la seguridad vial, la imagen urbana, la experiencia del visitante y la calidad de vida de los habitantes.
Por eso la decisión de Mauricio Trejo fue correcta en el fondo. Puede discutirse la forma, los tiempos o la comunicación; pero técnicamente, ordenar la circulación de unidades turísticas en una ciudad patrimonial era necesario.
El turismo no se defiende llenando el centro de vehículos. Se defiende elevando la calidad de la experiencia, haciendo más caminable la ciudad, reduciendo el caos vial y protegiendo aquello que hace único a San Miguel.
San Miguel de Allende no se posiciona en el mundo por permitir desorden, sino por cuidar lo que lo hace único. Su reconocimiento como Patrimonio Mundial por la UNESCO y premios como el de Condé Nast Traveler, que lo ubicó entre las mejores ciudades pequeñas del mundo, demuestran que su verdadero atractivo está en su conservación, su imagen urbana y su experiencia histórica.
La justicia desechó la acusación contra Mauricio Trejo y confirmó que su decisión no fue un capricho, sino una medida de autoridad para proteger el orden urbano, la movilidad y el valor patrimonial de San Miguel de Allende.
En una ciudad reconocida por la UNESCO como Patrimonio Mundial, permitir turibuses sin control en el centro histórico podía poner en riesgo la imagen urbana, la experiencia peatonal y el atractivo internacional que hacen único a San Miguel.
Por eso, la decisión fue acertada: no frenó el turismo, lo protegió.
Por : Mario Cervantes









