Un niño de once años, que se encontraba bajo un puente en Uruapan junto a sus dos hermanos menores, logró ser percibido solo después de haber cometido actos de violencia. Su situación refleja una problemática más amplia en la que niños, niñas y adolescentes se convierten, de manera preocupante, en actores del crimen organizado, un fenómeno que se ha arraigado en diversas regiones de México.
La investigadora y activista ha abordado este complejo tema en su reciente libro «Los hijos de la violencia y el narco en Michoacán», presentado en un evento en la Ciudad de México que reunió a destacados funcionarios de seguridad de Latinoamérica. En este trabajo, se presentan estadísticas alarmantes que evidencian la gravedad del problema.
Según datos, Latinoamérica alberga el 8% de la población mundial, pero genera más del 30% de la violencia letal a nivel global. Además, la tasa de homicidios en México es de aproximadamente 25 por cada 100,000 habitantes, con algunos municipios como Zamora y Apatzingán alcanzando cifras mucho más elevadas.
La autora destaca que es esencial contextualizar estos números con historias reales para evitar una narrativa simplista y estigmatizante que propicie políticas públicas ineficaces. Al explorar las vivencias de jóvenes involucrados con el crimen, la investigación revela que estos individuos, en muchas ocasiones, son productos de entornos de extrema pobreza y violencia familiar.
A través de entrevistas con niños que han sido reclutados por el crimen organizado, se exponen casos como el de «Lupo», quien fue captado a la edad de once años y forzado a participar en actividades violentas en el seno de un cártel. Otro caso es el de «Bryan», quien tras ser expulsado del sistema educativo, encontró en el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) un sentido de pertenencia que le ofrecía refugio en un contexto de violencia.
La autora argumenta que es crucial abordar esta situación desde una perspectiva más integral, que contemple no solo la violencia directa de los homicidios, sino también las condiciones estructurales y culturales que permiten la normalización de la violencia en estas comunidades. En este sentido, propone que la política pública en México y Latinoamérica debe ir más allá de enfoques meramente disuasivos y considerar alternativas efectivas para la reinserción social y la prevención del crimen.
La violencia en México se presenta como un fenómeno complejo que debe ser entendido a través de una reflexión profunda que aporte soluciones significativas. Para ello, es fundamental desmantelar mitos y reconocer la realidad que enfrenta la juventud en entornos de vulnerabilidad, donde muchos son empujados hacia el crimen sin tener realmente la opción de escoger su camino.




