China ha anunciado este año la suspensión parcial de sus exportaciones de tierras raras e imanes, una medida que podría frenar completamente diversas industrias, desde la automotriz hasta la de defensa. A diferencia de las tradicionales guerras comerciales, en este caso no se observan tarifas ni sanciones directas, lo que coloca a Occidente en una situación de desventaja, revelando la falta de diversificación de recursos en este ámbito y aumentando su dependencia del gigante asiático.
El ascenso de China como potencia en la producción de tierras raras comenzó en la década de 1970, cuando el país reconoció el valor estratégico de estos elementos, comparable al del petróleo. Con la llegada de Deng Xiaoping al poder, China implementó una estrategia centrada en la modernización industrial y el avance tecnológico, así como en una comprensión profunda de la química aplicada.
La ciudad de Baotou, en Mongolia Interior, se convirtió en un centro neurálgico gracias a sus importantes yacimientos de mineral de hierro. Ingenieros chinos, bajo la dirección de destacados funcionarios, encontraron formas de utilizar concentraciones de cerio, lantano y samario en la producción de una amplia gama de productos, desde vidrio hasta misiles.
Un hito significativo fue el desarrollo de un método de refinado más económico que el utilizado por Estados Unidos o la Unión Soviética. Mientras Occidente empleaba complejos procesos industriales, China optó por métodos más simples que involucraban plástico y ácido clorhídrico, lo que permitió una producción masiva y una reducción de costos. Para los años 90, el aforismo “Oriente Medio tiene petróleo, China tiene tierras raras” se convirtió en una realidad tangible, consolidando una hegemonía tecnológica que abarca mucho más que la minería.
Las restricciones actuales de exportación representan una estrategia económica distinta y más enfocada, que tiene efectos inmediatos en la industria global. Cada tonelada menos que se exporta puede resultar en retrasos significativos en la producción de automóviles eléctricos, turbinas eólicas y equipos médicos en Occidente. Esto no solo se considera un golpe comercial, sino también una demostración de poder estratégico.
China ha mejorado sus leyes para prohibir a las empresas extranjeras utilizar minerales chinos en productos destinados al sector de defensa de Estados Unidos. Esta medida busca presionar a terceros países, insertándolos en una red de dependencias económicas. A la vez, las exportaciones hacia Japón, Corea del Sur e India han disminuido, lo que indica la disposición de China a sacrificar beneficios inmediatos para fortalecer su control estratégico. A pesar de las advertencias recurrentes sobre esta dependencia, el resto del mundo se enfrenta a un desafío significativo para diversificar sus fuentes de producción, que todavía cubren solo una pequeña parte de la demanda global.


