Lo más importante: el respeto por la tierra marca todo en la cocina.
Antes de que existiera la moda farm-to-table, ella ya cultivaba estragón y albahaca en el patio de su restaurante. Ese contacto directo con la tierra le enseñó algo sencillo y profundo: la naturaleza no tiene prisa.
Eso cambia la manera de trabajar. Te vuelves un cocinero que escucha los ritmos del campo, o te conectas con proveedores que cuidan lo que siembran, crían y elaboran. Ese vínculo es el hilo que sostiene la cocina.
Ese respeto también la llevó a sumarse a una generación que luchó por dignificar la cocina mexicana, cuando lo “elegante” sólo miraba a Europa.
Buscaban un despertar: reconocer lo nuestro, recuperar sabores y recetas, devolverles la dignidad que merecen.
Hoy México vive esa recompensa: un movimiento efervescente que surge de haber trabajado desde dentro, hacia nuestro propio corazón.


