Juan Miguel Alcántara Soria
En el camino de la vida los seres humanos tenemos infinidad de posibilidades con nuestra propia vida y en relación con otras vidas. Al plantearnos el cuestionario fundamental -quién soy, de dónde vengo, a dónde voy- surgen respuestas: soy yo o soy lo que otro quiere que sea; me conozco y acepto, o no; vengo del amor o del desprecio, voy a mi realización o a mi destrucción; tengo un proyecto de vida o no tiene sentido vivirla; me programo o voy a donde las circunstancias. Ese cuestionario vital hay quienes se lo plantean de vez en vez, y los especializados en lo superficial no.
El camino a Santiago ofrece la posibilidad de resetearse. El verbo “resetear” proviene del inglés to reset, que en informática y tecnología implica restablecer un sistema o software para solucionar problemas, eliminar configuraciones temporales o recuperar su funcionamiento óptimo. No todos los reseteos son iguales y pueden variar según el objetivo y el método. Se diferencia de “formatear”, más radical que resetear por borrar completamente el disco duro e instalar el sistema operativo desde cero, eliminando todos los archivos y programas.
Resetearse aplicado al quehacer humano, implica que cada uno, de forma consciente y libre, conoce sus fuerzas y debilidades, problemas y áreas de oportunidad para recuperar su proyecto de vida, en su caso; los pesos muertos por soltar y restablecer su sentido vital, caminar ligero de equipaje. En ese conocerse, conviene reconocer el “yo psicológico”: conjunto de ideas, emociones, percepciones, recuerdos propios; una realidad personal, individualizada. Ese conjunto de actos psicológicos que son de cada uno, pueden ser objeto de nuestro conocimiento, tienen lugar en la conciencia, y cada uno le sirve de apoyo, como sujeto o “yo ontológico”, el disco duro que reconoce sus ideas, pensamientos, emociones, razones, recuerdos, proyectos, programas, destinos. Uno es el yo conocido y otro el yo que conoce; éste es el que puede decidir resetearse, eliminando archivos o programas del yo psicológico que le dañan o dificultan su realización personal y social plena. La persona humana es trasparente a sí misma, tiene conciencia de sí porque es inteligente y está dotada de libertad, es espiritual. La inteligencia es superior a la voluntad porque guía nuestras aspiraciones, propone destinos, sugiere bienes, identifica daños y nos dice que nuestra perfección radica en nuestra racionalidad.
Esa unidad de cuerpo espiritualizado o espíritu encarnado que es cada persona tiene excelencias e imperfecciones simultáneas. La inteligencia busca verdades, y la voluntad, bienes. Y en su condición corpórea es un microcosmos, una síntesis del Universo material a cuidar. Cuando la inteligencia cae en el error, o la voluntad quiere males, o los instintos se rebelan, dañándose a sí o a otros, dificultando su felicidad, o el sentido de la vida, conviene reinventarse o resetearse. No formatearse, no borrar completamente el disco duro. Porque todos tenemos excelencias del ser y morales, y una dignidad por cuidar. Hay pues elementos permanentes por conservar y acrecentar, y elementos variables o cambiantes, algunos de los cuales se deben eliminar para evitar dañarse a sí o a otros.
Ante la revolución de la Inteligencia Artificial, resulta relevante el anuncio del Vaticano: este lunes, 25 de mayo, el Papa León XIV publicará su primera encíclica, llevará por nombre Magnifica humanitas («La magnífica humanidad»), que estará centrada en “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Ante el imparable desarrollo tecnológico el Papa lanza una advertencia: el ser humano no puede perder su humanidad. “Y la Iglesia no quiere quedarse mirando desde fuera. Quiere participar del debate más relevante de nuestra era. Porque mientras las máquinas aprenden a hablar, escribir, crear imágenes y hasta imitar emociones humanas, El Vaticano teme que el hombre olvide aquello que ninguna inteligencia artificial puede fabricar: el alma, la conciencia, la dignidad y el sentido profundo de la vida”.
Vivir humanamente es pensar y amar. Al conjugar estos verbos, en singular y plural, se puede lograr la felicidad. Resetearse a la humana es opción.









