La población de Teherán y de otras zonas cercanas registra molestias respiratorias y ardor en los ojos tras la caída de una precipitación oscura y aceitosa ligada a incendios en depósitos de combustóleo y en una refinería, lo que plantea un riesgo sanitario inmediato para residentes locales. Instituciones internacionales de salud y autoridades iraníes advierten sobre los efectos de las nubes de humo tóxico liberadas a la atmósfera por ataques aéreos contra instalaciones petroleras, así como del retorno de contaminantes al suelo en forma de «lluvia negra» y lluvia ácida.
Testigos y servicios sanitarios han informado de penachos de humo en varias regiones durante las últimas semanas, en un contexto de ataques y represalias que han afectado instalaciones de petróleo y gas en la región del Golfo Pérsico. La quema incompleta de hidrocarburos del combustóleo genera hollín microscópico y compuestos tóxicos que se incorporan a las precipitaciones y pueden recorrer distancias importantes con el viento.
La lluvia negra se forma cuando la lluvia arrastra hollín, ceniza y sustancias químicas liberadas por incendios en refinerías, campos petroleros o incendios forestales, además de contener gases como dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno que pueden provocar lluvia ácida. Entre los contaminantes también se producen hidrocarburos aromáticos policíclicos y, en algunos casos, metales pesados, lo que incrementa la complejidad del riesgo ambiental.
Desde el punto de vista sanitario, las partículas de hollín son muy pequeñas y pueden alojarse profundamente en los pulmones e incluso entrar en el torrente sanguíneo, aumentando la probabilidad de afecciones respiratorias y cardiovasculares y, a largo plazo, elevando el riesgo de cáncer por exposición a ciertos compuestos. Las autoridades sanitarias han recomendado a la población permanecer en interiores, usar mascarillas y evitar el contacto directo con la lluvia, que en algunos casos ha sido descrita como lo suficientemente ácida para irritar la piel y dañar el aparato respiratorio.
Los grupos más vulnerables son los niños, los adultos mayores y las personas con enfermedades crónicas, que pueden experimentar un empeoramiento de sus condiciones y un incremento de hospitalizaciones tras episodios de contaminación aguda. También hay preocupación por la posible contaminación de embalses y vías fluviales destinadas al abastecimiento de agua potable, lo que podría generar impactos ambientales y sanitarios adicionales.
En cuanto a la duración de los efectos atmosféricos, los tanques de combustible pueden consumirse en pocas horas, pero si los incendios se mantienen, como ha ocurrido en conflictos pasados, las llamas pueden prolongarse durante meses. Si los incendios se extinguen pronto, la mayor parte del hollín y las sustancias químicas se dispersan y depositan en un plazo estimado de tres a siete días, aunque los riesgos de salud a largo plazo pueden persistir.
Expertos subrayan la incertidumbre sobre futuros episodios, ya que nuevos ataques o incendios podrían reintroducir contaminantes a la atmósfera y agravar la situación local. Mientras tanto, las autoridades sanitarias y ambientales continúan monitoreando la calidad del aire y emitiendo recomendaciones para minimizar la exposición de la población.


