En Quito la tradición de despedir el año quemando monigotes se mantiene como una práctica popular que moviliza a familias y comerciantes cada 31 de diciembre. La costumbre, que consiste en quemar muñecos rellenos de aserrín con caretas que representan personajes diversos, tiene un importante arraigo local como ritual de purificación y renovación.
En la ciudad, Vicente Paredes se ha convertido en un referente de esa tradición por décadas, al fabricar caretas de cartón y de caucho en su taller conocido como «Palacio de la Careta». Paredes comenzó a elaborar máscaras tras graduarse como peluquero y consolidó un negocio que llegó a emplear a varios artesanos.
Con el tiempo introdujo el uso del látex para sus piezas, diferenciándose de las caretas tradicionales de cartón. Sus primeros intentos en caucho fueron empíricos, pero con práctica y asesoría técnica perfeccionó los acabados y amplió la oferta.
Un ingeniero especializado en látex colaboró con Paredes, aportando técnicas que permitieron elevar la calidad de las máscaras. Desde entonces su catálogo se diversificó e incluye además manos, pies, narices y otros accesorios para disfraces.
Paredes señala que la preferencia del público sigue inclinándose hacia las caretas con rostros de políticos, aunque observa cambios en la fabricación de los monigotes. Prevée que las caretas de cartón perderán protagonismo frente a las de caucho y a nuevas modalidades de monigotes hechos íntegramente de cartón.
La quema del «Año Viejo» mantiene rituales asociados, como el velatorio simbólico en el que participan los llamados «viudas», personas que suelen vestir de mujer y piden colaboración para el sepelio ficticio. Poco antes de la medianoche el muñeco suele ser objeto de burlas o agradecimientos según la valoración del año, y termina siendo quemado como parte del festejo.
En el taller los precios varían según el material y los detalles: caretas de cartón se venden desde montos económicos y las de caucho pueden alcanzar valores superiores por su acabado. La pandemia obligó al taller a cerrar casi dos años, pero la reapertura respondió a la demanda de clientes que seguían la tradición.
Paredes exporta algunas de sus piezas a comunidades ecuatorianas en Europa y Estados Unidos y mantiene la producción durante todo el año para atender pedidos. Afirma que su trabajo forma parte de la continuidad de una costumbre local que busca dejar atrás lo negativo y recibir el año nuevo con buena energía.


