Rolando Daza
Apunte:
Principia un nuevo año, con la esperanza de enfrentar de forma diferente los sucesos que rodean nuestra vida, nuestro estado y nuestro país. El deseo es hacer acciones diferentes para mejorar la economía, la educación, la salud, el bienestar, las oportunidades. 2026 llega lleno de expectativas, con gran número de pendientes. Sin embargo, no es suficiente formular deseos, México necesita renunciar a lo que sabemos que no funciona.
2025 fue el año del aguante. El país enfrentó situaciones difíciles y contradictorias, optando por no revolver, acostumbrándose a ellas. El gobierno no corrigió las situaciones. La sociedad no fue atendida, al contrario, fue soslayada. Y las situaciones dolorosas y de corrupción no provocan reformas, solo excusas.
Así, el 2026 se presenta como un año definitivo para la economía mexicana y su perspectiva en el mundo. Con el flujo del comercio, el ajuste de la economía de los países, el ambiente productivo orientado a la reestructura de las cadenas de valor y la reactivación de operaciones a nivel mundial, México tiene un gran reto, dispone de condiciones estructurales atractivas, sin embargo, no ha logrado capitalizarlas al mismo ritmo que otras economías.
A pesar de su presidente narcisista, el reporte en Estados Unidos de fusiones y adquisiciones muestra una recuperación significativa en 2025 (con un incremento cercano al 49% frente a 2024), México, por su parte, experimentó una fuerte contracción en ese rubro. El número de transacciones cayó alrededor de 37%, reflejando cautela y redireccionamiento de capital hacia otras posibilidades de desarrollo. Este contraste obliga a analizar el medio económico, los factores institucionales y regulatorios que inciden en la toma de decisiones.
Este retroceso no es una pérdida de atractivo. En la segunda mitad de 2025 reaparecieron los mega distribuidores, los mega comerciantes. A nivel global, operaciones representativas evidencian que el mercado ha comenzado a absorber el impacto de las tensiones geopolíticas y comerciales, retomando un crecimiento.
La reducción de tasas de interés facilita el financiamiento de grandes operaciones y abre una ventana de oportunidad que México no puede desaprovechar; este esquema, ligado al nearshoring, sigue siendo una ventaja. Por desgracia para el país, la atracción de capitales es particularmente sensible a la certidumbre jurídica, la estabilidad institucional, todo que se acompañe de políticas públicas que reduzcan la incertidumbre regulatoria.
En esta orientación, los anuncios del gobierno mexicano (los contratos mixtos de Pemex y la iniciativa de la Ley de Inversiones Mixtas) apuntan a un reconocimiento de que la infraestructura del país requiere de capital privado. Energía, telecomunicaciones y transporte demandan inversiones que sólo pueden materializarse con esquemas de colaboración.
La renegociación del tratado comercial de América del Norte representa una situación crítica. Más allá del griterío político, ofrece una oportunidad para reforzar el mensaje de integración. El país sigue siendo atractivo para las empresas, pero enfrenta una competencia más agresiva.
El riesgo es claro, se deben enviar señales de certidumbre, si no, el capital encontrará alternativas. 2026 es el año para definir si México consolida su papel como eje del nearshoring o pierde terreno.


