Rolando Daza
Apunte:
El mundo sufre, sufre en muchas partes y por diversas situaciones. De tiempo atrás ya se percibía, una clara mayoría de iraníes no quiere la teocracia que llegó al poder con la revolución de 1979. Quieren una democracia laica; ahora, el brote de violencia se presenta a una mayor dimensión. Los iraníes demuestran estar preparados a pagar un alto precio por el cambio político, el gobierno de la República Islámica responde a las protestas con violencia y masacres.
Según informes oficiales, el número de muertos desde que los iraníes salieron a las calles el 28 de diciembre ha superado los 500, con más de 10,000 detenidos (fuentes extraoficiales indican que han sido más de 8,000 muertos y más de 50,000 detenidos).
Un lema familiar se difunde en las calles iraníes, “Ni Gaza ni Líbano, sacrifico mi vida por Irán”. Esa frase se ha extendido en las protestas que han surgido en todo Irán. La chispa que ha desencadenado el levantamiento y las huelgas ha sido la crisis económica y la mala gestión gubernamental.
La consigna indica que las protestas van más allá de la situación económica. Cuando la gente en Irán corea «Ni Gaza ni Líbano», rechaza por completo el sistema teocrático iraní. En otras palabras, la crisis actual no se trata solo de pan y empleo, sino de quién decide qué representa Irán.
La frase enlaza dos aspectos de los movimientos iraníes, los ultrajes económicos, sociales y un rechazo de la justificación del gobierno para esos problemas, creyendo que el sacrificio en el país es necesario para cumplir los objetivos ideológicos de “resistencia” en el exterior. En particular, la porra se dirige contra el apoyo que ha brindado la República Islámica a Hezbolá en el Líbano y a Hamás en Gaza.
Las estimaciones sugieren que el régimen ha canalizado entre 700 millones y 1,000 millones de dólares anuales a aliados regionales desde la década de 1980, fondos que, según muchos iraníes, deberían destinarse a temas nacionales.
El cántico “Ni Gaza ni Líbano, sacrifico mi vida por Irán” es tanto una protesta como una reivindicación. Contradice la narración del Estado iraní sobre el sacrificio obligatorio, a la vez que afirma el derecho del pueblo a crear una historia nacional centrada en las propias necesidades, desafíos y aspiraciones de Irán.


