Al cumplirse un nuevo aniversario de la fundación de Irapuato, el Archivo Histórico Municipal dio a conocer los apellidos que aparecen entre los primeros registros coloniales de la ciudad, lo que refuerza la memoria local sobre sus orígenes documentales.
Entre los apellidos señalados figuran Sánchez, representado por Hernán Sánchez de Mancera como propietario de la hacienda La Calera; Aranda, vinculado a Martín de Aranda y la hacienda del Carrizal; y Santoyo, asociado a Alonso de Santoyo y la estancia El Copal, todos asentados en la región desde el siglo XVI.
Estos apellidos se integran a la lista de las primeras familias españolas establecidas en el territorio, junto con otros apellidos que quedaron inscritos en los archivos coloniales y marcaron la estructura de la propiedad rural.
La presencia humana en la zona es anterior a la llegada de los españoles: pobladores chichimecas ocuparon el área desde épocas previas, y los tarascos nombraron la región Xiriqüitzio o Iriquitzio, cuyo vocablo fue transformado por los castellanos hasta derivar en Jiricuato, entendido como “casas o habitaciones bajas”.
En la época prehispánica la localidad funcionó como una de las fortalezas del reino de Michoacán para defenderse de incursiones de tribus chichimecas y del imperio mexica, según crónicas regionales.
El asentamiento original se ubicó junto a una extensa laguna conformada por los ríos Guanajuato y Silao; vestigios arqueológicos en el cerro de Arandas y en Rancho Grande documentan esos primeros poblados ribereños.
Los ciclos de desecación e inundación impulsaron desplazamientos de población que contribuyeron a la configuración asimétrica que caracteriza a la ciudad en la actualidad.
Durante la etapa colonial se otorgaron mercedes y estancias de ganado; Hernán Sánchez de Mancera es considerado uno de los primeros colonizadores españoles en la zona, y la estancia evolucionó hasta adquirir la categoría de congregación conforme a la normativa de la época.
A inicios del siglo XVII un primer censo registró una población reducida, con una docena de vecinos españoles y un número similar de indígenas casados, lo que refleja las dimensiones iniciales del asentamiento.
Con el tiempo las estancias dieron paso a ranchos y haciendas que concentraron la propiedad de la tierra, mientras que la horticultura y la floricultura se convirtieron en actividades relevantes para la economía local. En el siglo XIX la fresa, introducida a México desde Francia y llevada a Irapuato por iniciativa de productores locales, consolidó su cultivo comercial y contribuyó a la identidad agrícola de la ciudad.
Casi cinco siglos después de su fundación, Irapuato conserva en sus archivos el rastro documental de aquellas primeras familias cuyos apellidos permanecen en los registros como parte del origen de la ciudad fresera.


