Una Estrella Michelin trajo más presión, pero la esencia del restaurante no se pierde: el objetivo sigue siendo que cada comensal salga contento.
“¿Cómo has manejado este segundo año con la Estrella Michelin?” —le preguntan. Con un suspiro, Francisco Sixtos responde: “Está bien difícil, te lo prometo”. La presión y las expectativas suben, y su exigencia personal también.
Aun así, tiene claro el camino: mejorar desde la originalidad y mantener al equipo enfocado en el cliente. Lo importante es que la experiencia no dependa de que alguien esté evaluando cada movimiento.
La creatividad le encanta, pero ahora prioriza la consistencia. “Hacerlo diario igual”, dice: buscar un rumbo más recto, real y constante en la cocina.
También dejaron de imitar a otros restaurantes con estrellas: ya no persiguen la coreografía de tiempos ni el servicio de muchos meseros. Ponen en el centro su esencia.
“Nuestro enfoque está en el sabor, en la idea, en la intención.” Hoy prefieren depurar los platos: menos elementos, solo lo necesario.
A medida que avance y madure como chef y persona, seguirá quitando lo que sobra. El rumbo es claro: mejorar sin perder lo que los define.








