México podría estar entrando en otra etapa de ruptura histórica. Y quizá lo más preocupante es que ni siquiera nos damos cuenta.
A lo largo de más de dos siglos, el país ha vivido bajo una idea que se repite generación tras generación: que todo debe destruirse para volver a empezar. Cada cierto tiempo aparece un movimiento que promete limpiar al país, acabar con los corruptos y construir un “nuevo México”. Y casi siempre termina ocurriendo lo mismo: división, confrontación y concentración de poder.
La historia oficial convirtió las grandes Transformaciones en episodios prácticamente sagrados. La Independencia nos dio libertad; la Reforma, modernidad; la Revolución, justicia social; y la Cuarta Transformación llegó prometiendo rescatar al pueblo.
Pero hay una pregunta incómoda que rara vez se plantea:
¿Y si las Transformaciones no fortalecieron a México, sino que terminaron debilitándolo?
El mito de Hidalgo
Durante décadas, Miguel Hidalgo fue presentado como el gran libertador de México. Sin embargo, buena parte de esa imagen fue construida tiempo después por el nacionalismo mexicano para convertirlo en un símbolo heroico.
La realidad histórica fue mucho más compleja.
Hidalgo no era militar ni tenía una estructura política sólida para gobernar un país. El levantamiento insurgente avanzó entre improvisaciones, violencia y un enorme descontrol social. A su paso hubo saqueos, persecuciones y ejecuciones contra españoles y civiles acusados de simpatizar con la Corona.
Uno de los episodios más violentos ocurrió en la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato. Aunque el hecho suele romantizarse en la narrativa oficial, muchos historiadores coinciden en que la insurrección rápidamente derivó en una explosión social difícil de controlar.
El problema más grave vino después. La Independencia no convirtió inmediatamente a México en una nación fuerte. Por el contrario, dejó un país debilitado, endeudado y atrapado durante décadas en guerras internas, golpes de Estado y conflictos territoriales.
Antes de la insurgencia, el Virreinato de la Nueva España tenía una economía sólida para su época: minería poderosa, comercio internacional, estabilidad monetaria y una administración relativamente funcional. Después vino una larga etapa de inestabilidad que terminó incluso con la pérdida de más de la mitad del territorio frente a Estados Unidos.
México no salió fortalecido de aquella ruptura. Salió fracturado.
Juárez y la confrontación permanente
Después llegó la Reforma encabezada por Benito Juárez. La historia oficial lo convirtió en uno de los pilares del México moderno, aunque pocas veces se habla del enorme costo político y social que dejaron las Leyes de Reforma y la guerra entre liberales y conservadores.
El país quedó profundamente dividido. La confrontación política y religiosa debilitó aún más la estabilidad nacional y abrió el camino para la intervención francesa y el Segundo Imperio Mexicano.
Las promesas de modernización tampoco resolvieron la pobreza estructural. Muchas propiedades terminaron concentradas en nuevas élites económicas y políticas. Cambió el discurso, pero millones de mexicanos siguieron viviendo en condiciones miserables.
Madero y la Revolución del caos
La Revolución Mexicana volvió a repetir el mismo patrón: el discurso del “cambio verdadero”, la promesa de rescatar al pueblo y la idea de destruir el sistema anterior para construir uno nuevo.
Francisco I. Madero fue elevado a la categoría de héroe democrático, aunque su gobierno estuvo marcado por improvisación política y una evidente incapacidad para controlar al país.
Madero provenía de una de las familias más ricas de México y gran parte de su formación ocurrió en Estados Unidos y Europa. Además, uno de los aspectos más polémicos de su vida fue su fuerte creencia en el espiritismo. Existen cartas y documentos históricos donde él mismo hablaba de sesiones espiritistas y de cómo esas ideas influían en su vida personal.
Mientras el país se incendiaba, el gobierno perdió el control político y militar. La Revolución terminó dejando cientos de miles de muertos, destrucción económica y una nueva clase política que utilizó el discurso revolucionario para justificar décadas de autoritarismo bajo el PRI.
Y aunque el Porfiriato tuvo enormes abusos y desigualdades, también había logrado estabilidad financiera, crecimiento económico e infraestructura que la guerra revolucionaria terminó destruyendo en gran parte.
La 4T y el nuevo ciclo
Décadas después apareció la llamada Cuarta Transformación.
Andrés Manuel López Obrador llegó al poder prometiendo acabar con la corrupción y cambiar la historia nacional. Pero México ya había escuchado antes ese tipo de discursos.
La 4T debilitó organismos autónomos, confrontó constantemente al Poder Judicial y polarizó al país bajo una narrativa de “buenos contra malos”.
Mientras tanto, crecieron las desapariciones, aumentó la percepción de impunidad y regiones enteras quedaron bajo control criminal. La estrategia de “abrazos, no balazos” terminó convirtiéndose para muchos en símbolo de debilidad institucional y pactos con el crimen organizado.
Y lejos de representar una ruptura, el gobierno de Claudia Sheinbaum parece mantener buena parte de la lógica política construida durante el obradorismo.
México vuelve a entrar en el mismo ciclo histórico: más polarización, más confrontación y más poder concentrado.
Lo más irónico es que Claudia Sheinbaum dice que como podemos juzgar a Raúl Castro por algo que cometió hace 30 años pero a Hernán Cortés no lo pueden perdonar después de 500 años.
Cuando lo único que hizo fue traernos hispanidad y fundar lo que hoy es México.
El comienzo del final
Tal vez el problema de México nunca fue la falta de Transformaciones.
Tal vez el verdadero problema ha sido la obsesión permanente por destruir el sistema anterior cada vez que surge un nuevo movimiento prometiendo salvar al país.
Las naciones sólidas no se construyen únicamente con revoluciones, caudillos o discursos mesiánicos. Se construyen con instituciones fuertes, estabilidad, crecimiento sostenido y continuidad de Estado.
México lleva más de dos siglos confundiendo destrucción con transformación.
Y quizá esa ha sido nuestra tragedia histórica más grande.
Porque el verdadero riesgo no está solamente en el pasado.
El verdadero riesgo es que México podría estar entrando, otra vez, en el comienzo del final.
Por Mario Felipe Cervantes Villegas
Empresario Irapuatense







