En localidades que albergan volcanes, playas de olas grandes o cielos propicios para auroras, el creciente interés por presenciar fenómenos naturales aumenta la presión sobre ecosistemas frágiles y afecta la vida cotidiana de las comunidades receptoras.
La demanda por este tipo de turismo —que incluye desde volcanes y géiseres hasta auroras boreales, olas gigantes o floraciones estacionales— se inserta en un giro hacia viajes más experienciales y menos convencionales, según la plataforma de viajes Evaneos.
Aurélie Sandler, codirectora ejecutiva de la plataforma, atribuye el crecimiento a la preferencia por actividades al aire libre tras las restricciones por la pandemia y a una búsqueda de experiencias «intensas y memorables» en lugar de acumulación de bienes.
Hugo Valenzuela, catedrático de Antropología Social y Cultural de la Universidad Autónoma de Barcelona, vincula el auge a la transición del consumo de productos estandarizados hacia vivencias personalizadas y emocionales, y a la influencia de modelos sociales que orientan deseos e identidades hacia el consumo de experiencias.
Valenzuela señala además que estos viajes actúan como forma de construcción de identidad y diferenciación social, y que las redes sociales contribuyen a convertir determinados paisajes en «iconos globales» que atraen a más visitantes.
El perfil típico de quien opta por este turismo, según la plataforma, corresponde a parejas o grupos pequeños, residentes en grandes ciudades, con mayor capacidad de gasto que la media y preferencia por inmersión sobre turismo de masas.
Expertos advierten riesgos personales, ya que los visitantes se exponen a fenómenos imprevisibles que pueden derivar en accidentes; en un caso documentado, una bomba de lava alcanzó un barco turístico en Hawái y causó heridas entre los pasajeros.
En términos ambientales, el aumento de afluencia provoca ruido, contaminación lumínica, presión sobre la vivienda local y otros impactos que degradan los lugares que los turistas buscan disfrutar, alterando los propios fenómenos naturales.
Como medidas para reducir esos efectos se proponen límites de aforo y sistemas de permisos, regulación del acceso y del uso de teléfonos móviles o drones en zonas vulnerables, así como fomentar modelos de turismo gestionados por guías locales formados y campañas de información y responsabilidad para visitantes.
Fuentes del sector consideran que la demanda probablemente se mantendrá, pero subrayan la necesidad de canalizarla hacia viajes más largos y lentos que apoyen a las comunidades locales y protejan los ecosistemas; por su parte, especialistas instan a recuperar formas de relación con la naturaleza que sean sostenibles y respetuosas con los entornos.



