La transformación cromática de la Ciudad de México por parte de la administración de Clara Brugada ha suscitado opiniones encontradas. Denise Dresser, en su reciente columna, describe esta estrategia como una forma de “ajolotitis”, un fenómeno que refleja la utilización del color morado como símbolo de la política urbana.
Dresser sostiene que esta elección de color comunica que la ciudad pertenece al movimiento de la 4T. Argumenta que, en lugar de abordar problemas reales, la administración se concentra en gestionar narrativas que envuelven a la ciudadanía.
La crítica principal radica en la normalización de las prácticas gubernamentales que permiten que la ciudad se convierta en un lienzo de propaganda, y en la resignación de los habitantes ante esta situación. Para Dresser, lo alarmante no es solo la implementación de estos colores, sino la aceptación generalizada de este tipo de atropellos.








