Hay conversaciones que no se olvidan porque no vienen de la teoría, sino de la vida.
Hace unos días, uno de mis mentores, maestro, hoy socio y consejero, me compartió una reflexión que se me quedó grabada: el poder trastorna a muchos políticos, pero también los desnuda. Les muestra quiénes son realmente cuando tienen chofer, oficina, escoltas, agenda llena, reflectores, llamadas que antes no recibían y gente que de pronto les aplaude hasta los silencios.
El problema no es el poder. El problema es creer que el poder es propio.
Porque el poder, aunque muchos lo olviden, es prestado.
Se lo presta la gente. Se lo presta una elección. Se lo presta una coyuntura. Se lo presta una circunstancia política. Pero tarde o temprano se acaba. Y cuando se acaba, no queda el cargo, no queda la oficina, no queda el séquito, no queda el aplauso fácil ni el miedo disfrazado de respeto.
Queda la persona.
Y ahí empieza la verdadera evaluación.
Muchos políticos entran al poder creyendo que llegaron para quedarse toda la vida. Les entra ese síndrome extraño de pensar que el cargo es eterno, que la gente siempre les va a contestar el teléfono, que los empresarios siempre los van a buscar, que los medios siempre los van a cubrir y que sus decisiones jamás tendrán consecuencias.
Pero la política tiene memoria.
A la vuelta de pocos años, muchos regresan a su vida normal. Vuelven al café, al restaurante, a la calle, al supermercado, a la vida cotidiana. Y entonces la pregunta ya no es cuántos cargos tuvieron, cuántas fotos se tomaron o cuántas riquezas acumularon.
La pregunta real es otra:
¿La gente todavía los saluda?
¿Los recuerdan con aprecio o con coraje?
¿Los buscan por respeto o los evitan por decepción?
¿Los quieren por lo que hicieron o los toleraron por lo que representaban?
De nada sirve acumular glorias, influencias, propiedades, contratos, camionetas, escoltas o aduladores si al final todo era prestado. De nada sirve sentirse intocable cuando la historia demuestra que nadie lo es.
Y aquí es donde recordé, casi con una sonrisa incómoda, el compendio de libros de Luis Spota titulado La costumbre del poder. Qué manera tan brutal de retratar la política mexicana. Uno lee esas páginas y pareciera que está leyendo expedientes actuales, conversaciones de pasillo, sucesiones adelantadas, traiciones internas, ambiciones disfrazadas de institucionalidad y personajes convencidos de que el país, el estado o el municipio les pertenecen.
Lo curioso es que Spota escribió sobre otra época, pero la costumbre parece no haber cambiado tanto.
Cambian los partidos, cambian los discursos, cambian los colores, cambian las redes sociales, cambian los slogans, pero la tentación es la misma: usar el poder para servirse, no para servir.
Y ahí empieza la destrucción.
Porque el poder mezclado con soberbia destruye carreras, amistades, familias, reputaciones y legados. Destruye también la capacidad de escuchar. El político soberbio deja de ver ciudadanos y empieza a ver estadísticas. Deja de escuchar problemas y empieza a escuchar aplausos. Deja de caminar la calle y empieza a gobernar desde la camioneta.
Por eso muchos fracasan.
No necesariamente por falta de dinero. No necesariamente por falta de programas. No necesariamente por falta de presupuesto. Fracasan porque no entienden a la gente.
A veces el detalle más importante de una política pública no está en el escritorio, sino en hacer antropología social: caminar, observar, escuchar, preguntar, entender cómo vive realmente una familia, cómo se mueve una madre trabajadora, qué siente un joven que no encuentra empleo, qué padece una colonia sin servicios, qué miedo carga un comerciante, qué esperanza le queda a una persona que ya no cree en nadie.
La política pública que no entiende la vida cotidiana termina siendo propaganda.
Y la propaganda no resuelve.
El poder debería servir para construir aliados, no enemigos. Para abrir puertas, no para humillar. Para cumplir lo posible y hablar con claridad de lo que no se puede cumplir. Porque también hay honestidad en decir: “esto sí puedo hacerlo, esto no depende de mí y esto llevará tiempo”.
La gente puede entender los límites. Lo que no perdona tan fácilmente es la mentira, la soberbia o la simulación.
He visto con el paso de los años a políticos decir que el poder no los va a cambiar. Los he escuchado prometer que jamás se van a marear. Que ellos sí son distintos. Que a ellos no los alcanzará esa enfermedad silenciosa del cargo.
Pero tarde o temprano llega la prueba.
Llega cuando tienen presupuesto. Llega cuando tienen poder de decisión. Llega cuando pueden ayudar o ignorar. Llega cuando alguien humilde les pide una audiencia. Llega cuando un ciudadano les reclama. Llega cuando deben elegir entre quedar bien con el grupo o hacer lo correcto.
Ahí se sabe quién es quién.
El poder no transforma a todos. A veces simplemente revela.
Por eso la política debería vivirse con más humildad y menos arrogancia. Con más sentido de servicio y menos obsesión por la foto. Con más calle y menos burbuja. Con más conciencia de que el cargo dura poco, pero el recuerdo puede durar muchos años.
Al final, nadie se lleva nada.
Ni la oficina. Ni el cargo. Ni el aplauso. Ni la placa. Ni la silla. Ni el discurso. Ni la escolta. Ni la reverencia falsa de quienes hoy se acercan por conveniencia y mañana se irán con el siguiente poderoso.
Lo único que se queda en la gente es lo que hiciste por ellos.
Se queda la gestión que resolvió un problema. Se queda la llamada que sí contestaste. Se queda la calle que pavimentaste. Se queda el apoyo que llegó a tiempo. Se queda la palabra cumplida. Se queda el trato digno. Se queda la mano extendida cuando ya no había cámaras.
El poder es prestado.
Y quizá la verdadera grandeza de un político no se mide cuando todos lo aplauden en el cargo, sino cuando deja el cargo y todavía puede caminar tranquilo, mirar a la gente de frente y recibir un saludo sincero.
Porque tarde o temprano el poder se va.
La pregunta es: cuando se vaya, ¿qué va a quedar de ti?
Dedico esta columna con respeto y gratitud a mi maestro, mentor, socio y consejero, por recordarme con su experiencia que el poder sólo tiene sentido cuando se usa para servir.
Mario Felipe Cervantes Villegas
Empresario.








