En la ciudad, la falta de tiempo para la lectura se ha convertido en una realidad cotidiana para muchas mujeres que combinan empleo, emprendimientos y tareas de cuidado, según observaciones en espacios comunitarios de lectura.
La multiplicación de responsabilidades laborales y domésticas reduce los momentos disponibles para sentarse a leer largas horas, y quienes coordinan actividades culturales registran una demanda por formatos y horarios más flexibles.
Durante la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, varias participantes reportaron haber dedicado la jornada a trabajo y cuidados en lugar de asistir a movilizaciones o actos públicos, situación que generó sensación de culpa entre algunas de ellas.
Organizadoras de círculos de lectura locales, como Tribu de letras, señalan que muchas lectoras encuentran tiempo para leer en los huecos del día: trayectos al trabajo, la hora del café o después de que los hijos se duermen.
La lectura se interpreta en estos espacios no solo como consumo de libros, sino como una práctica sostenida de atención, interrogación y encuentro con otras voces, que persiste aun cuando las pausas se prolongan.
Participantes describen las interrupciones en la voracidad lectora como parte de las trayectorias personales, en las que las prioridades cambian según las temporadas de la vida laboral y familiar.
Los responsables de actividades literarias enfatizan la necesidad de reconocer formas diversas de vincularse con la lectura y adaptar ofertas culturales a ritmos cotidianos para mantener el acceso y la participación.


