En Guadalajara asesinan a un empresario presuntamente ligado al narcotráfico. No pasa mucho tiempo antes de que la ciudad vuelva a ser escenario de una balacera con más de 200 casquillos, una demostración de fuerza criminal que deja claro que el control territorial sigue disputado —o peor aún, perdido—. Las cifras no detienen ráfagas. Los discursos no desarman cárteles.
Y mientras la estrategia de seguridad se presume como exitosa, el Tren Interoceánico, proyecto emblemático del gobierno federal, descarrila y deja personas fallecidas. Aquí ya no hay margen para el matiz político: cuando una obra prioritaria cobra vidas, la responsabilidad es directa del Estado. No es un accidente aislado; es una falla estructural.
El problema es más profundo que un error técnico o un hecho violento. Es una forma de gobernar. Se privilegia la narrativa sobre el control, la propaganda sobre la prevención, la estadística sobre la vida. La presidenta defiende resultados globales; Harfuch defiende el modelo. Pero el país enfrenta una realidad que contradice ambos discursos.
México se prepara para recibir un Mundial que exige certezas básicas de seguridad. Sin embargo, lo que hoy se proyecta al interior y al exterior es otra imagen: ciudades donde el crimen manda mensajes armados, empresarios ejecutados y megaproyectos que avanzan con prisa política pero sin garantías suficientes.
Aquí es donde el discurso oficial se derrumba. Porque si la estrategia de seguridad funcionara como se presume, no habría asesinatos de alto perfil, no habría balaceras masivas, no habría trenes descarrilados con víctimas. Gobernar no es administrar gráficas; es evitar tragedias.
La presidenta habla de logros.
Harfuch habla de estrategia.
El país habla con muertos.
Y frente a eso, ninguna cifra, ningún tren y ningún discurso alcanza para ocultar que el control se está perdiendo.


