Rolando Daza
Apunte:
Seguimos hablando de política; las conversaciones sobre la salud, la educación, el TLC, la economía, la productividad, poco existen. Y menos hablamos de El Niño y de los efectos del cambio climático en nuestro país.
Los embates de calor, los incendios forestales, las inundaciones, la contaminación del aire y la propagación de enfermedades están transformando las condiciones en las que laboran 2,400 millones de personas, equivalentes al 71% de la fuerza laboral mundial, frente al 65% registrado en 2000. La falta de acciones para enfrentar el fenómeno de El Niño, no solo incrementará los accidentes y las enfermedades laborales, sino que también pondrá en riesgo la productividad, la continuidad operativa de las empresas y la estabilidad de millones de empleos, advierte la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Los ciudadanos del país, esperan que los gobiernos (federal, estatal y municipal) tomen medidas. La diferencia entre un choque climático y una crisis económica tiene un nombre: anticipación.
Además de afectar la salud, el cambio climático amenaza diversos segmentos económicos. El informe de la OIT indica que a nivel mundial 1,200 millones de empleos dependen de ecosistemas saludables en agricultura, pesca y silvicultura. La degradación ambiental, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de recursos naturales pueden volver improductivas regiones completas obligar al cierre de actividades económicas y acelerar la migración laboral hacia otras zonas. Ante este panorama ¿qué sucederá en el país?
Los efectos en México son conocidos. Cuando llega El Niño, los inviernos en el norte del país son más lluviosos y fríos, mientras que los veranos traen menos lluvia al centro, sur y sureste, con olas de calor severas, incendios forestales y presión sobre la disponibilidad de agua.
El Servicio Meteorológico Nacional ya advirtió que el fenómeno podría intensificarse en los próximos meses, con efectos en la agricultura y el abasto hídrico. Esto repercutirá en la economía mexicana.
Veamos: la inflación presentó en junio un índice de 3.37%, su menor nivel desde diciembre de 2020. Sin embargo, el sector agropecuario es volátil y más sensible al clima. Una sequía de verano u otoño podría afectar la política monetaria.
Por otra parte, observemos la situación agua – energía. Menos lluvia de verano – otoño implica presas bajas, menor generación hidroeléctrica y mayor demanda eléctrica por el calor, esto cuando el sistema eléctrico opera con la reserva, siendo un freno para la inversión.
Un factor más a cuidar es el campo de temporal y la ganadería, actividades de las que dependen regiones enteras del país y del estado, lo que envolvería el costo social del fenómeno.
Los impactos en el país se observan en actividades ajustadas por las condiciones ambientales. La agricultura enfrenta temporadas de cultivo cada vez más impredecibles por las sequías, el estrés hídrico y los fenómenos meteorológicos extremos. ¿Guanajuato y México estarán preparados?








