Por Mario Felipe Cervantes | Co-Fundador de Contacto Noticias
El poder también enferma. No da fiebre ni aparece en una radiografía. Tiene otros síntomas. El primero: creer que solamente tú puedes hacerlo. Y Alejandro Navarro comienza a mostrarlo. Gobernó Guanajuato capital durante seis años, dos administraciones en las que tuvo presupuesto, estructura, reflectores y tiempo suficiente para demostrar su proyecto. Pero parece que no fue suficiente. Alejandro quiere volver.
Ahí están los espectaculares, las camionetas rotuladas, los eventos y la famosa elotada. Una estrategia para mantener vivo un nombre que se resiste a abandonar el centro de la conversación. Siempre Alejandro. Pero los demás también existen. Ese es precisamente uno de los grandes vicios de la vieja política: pedir oportunidades mientras se está afuera y, una vez adentro, comportarse como si nadie más estuviera preparado. El poder se vuelve adictivo y Alejandro representa cada vez más esa manera de entenderlo: la del político indispensable, la del “sin mí no pueden”, la del personaje que después de seis años gobernando todavía busca cómo regresar en lugar de preguntarse a quién puede abrirle camino.
Pero hay algo todavía más preocupante: los excesos. La política no puede seguir reduciéndose a fiestas, eventos, espectáculos y multitudes. Gobernar no es llenar una plaza. Gobernar es resolver. La gente ya no necesita más políticos que conviertan la vida pública en una fiesta permanente; necesita gobiernos capaces de solucionar problemas, administrar correctamente el dinero público y actuar con transparencia. Quiere calles que funcionen, seguridad, servicios públicos, agua, movilidad y autoridades que puedan mirar a los ciudadanos a los ojos y explicar dónde terminó cada peso.
Ese debería ser el debate rumbo al futuro de Guanajuato capital. No quién organiza el evento más grande ni quién coloca más espectaculares. La pregunta tendría que ser quién puede gobernar mejor. Porque una ciudad no necesita un animador: necesita un gobernante. No necesita excesos: necesita resultados. Y, sobre todo, necesita instituciones que cierren espacios a la corrupción y funcionarios que entiendan que el dinero público no les pertenece. La política del espectáculo puede generar fotografías, aplausos y videos para las redes sociales. Pero al día siguiente la fiesta termina y los problemas siguen exactamente donde estaban.
Y es precisamente ahí donde el discurso de Alejandro choca con una realidad que parece incomodarlo: ya hay otros que también quieren ocupar ese espacio. El problema no es solamente querer regresar. El verdadero síntoma aparece cuando surge otro liderazgo, compite, gana terreno y aun así uno se comporta como si el escenario tuviera que seguir girando alrededor suyo. Y en Guanajuato capital ese liderazgo tiene nombre y apellido: Juan Carlos Romero Hicks.
Ahí Alejandro pudo haber terminado de cavar su tumba política. Porque una cosa es competir con Romero Hicks y otra muy distinta es subestimarlo. Alejandro parece haber confundido ruido con poder. Los espectaculares, las camionetas y los eventos generan presencia; la política, sin embargo, también se construye con trayectoria, relaciones, estructura y conocimiento del partido. Y Romero Hicks tiene décadas de eso. Fue gobernador, senador, diputado federal, director del Conacyt y rector de la Universidad de Guanajuato. Mientras Navarro decidió no participar en el proceso de los llamados Defensores, Romero Hicks entró y ganó.
Ahí estaba la señal que Alejandro parecía no querer leer: el PAN ya había abierto una ruta para que otros participaran. Romero Hicks decidió recorrerla. Navarro tomó otra vía. El choque era inevitable porque ya no se trataba solamente de quién podía llenar una plaza o colocar más espectaculares, sino de quién entendía mejor el tablero interno. Y cuando Alejandro pareció colocarse por encima de ese proceso, la seguridad comenzó a confundirse con soberbia.
Romero Hicks respondió públicamente: sostuvo que Navarro no será candidato del PAN y le habló de humildad, prudencia, inclusión, civilidad, legalidad, ética y sentido común. No fue solamente una respuesta. Fue un golpe sobre la mesa. Porque para desafiar a un político con décadas dentro de Acción Nacional no basta con llenar una plaza de elotes ni una avenida de espectaculares.
Y quizá ese fue el error de cálculo: sentirse más grande que Romero Hicks.
Ahí aparece la soberbia. El poder tiene ese efecto: hace que algunos políticos confundan popularidad con invencibilidad, presencia con liderazgo y una victoria electoral con la propiedad permanente de un espacio político. La humildad distingue al buen político porque gobernar requiere carácter, pero saber retirarse también. Alejandro podría impulsar nuevos liderazgos, formar jóvenes y utilizar su experiencia para fortalecer a quienes vienen detrás. Eso también es poder y quizá uno mucho más trascendente.
Porque nadie es indispensable. Ni en una empresa, ni en un partido y mucho menos en una ciudad. Primero crees que te pertenece el cargo. Después, que te pertenece el partido. Y un día terminas creyendo que te pertenece la ciudad. Cuando llegas hasta ahí, ya no hablamos solamente de ambición. Hablamos del síntoma más peligroso.









