Por Mario Felipe Cervantes Villegas | Contacto Noticias
Hay niños que conocen el amor de una familia. Otros conocen primero los golpes, el abandono, el abuso sexual y la violencia. Niños que terminan bajo la protección del Estado porque quienes debían cuidarlos fueron precisamente quienes más daño les hicieron.
Son los hijos del Estado. Pero ¿quién se hace verdaderamente responsable de ellos?
Esta columna no nace detrás de un escritorio. Nace de testimonios que personalmente he recogido durante mis visitas a centros de resguardo. Como empresario, considero que nuestra actividad debe tener también una profunda dimensión social. Eso me ha permitido conocer historias, escuchar necesidades y acercarme a una realidad que pocas veces ocupa las primeras planas y la agenda de los funcionarios.
Y lo que he conocido merece una reflexión urgente.
Un niño institucionalizado no necesita solamente una cama, comida y un techo. Necesita pertenecer. Necesita afecto, estabilidad emocional, educación y oportunidades. Necesita saber que alguien lo espera, que su vida importa y que su futuro no termina en un expediente judicial.
Un niño que sufrió abuso sexual no sana con una despensa. Un niño golpeado no supera sus traumas simplemente porque ahora duerme en un lugar seguro.
Necesita psicólogos especializados en trauma infantil, psiquiatras cuando su condición lo requiera, psicopedagogos y profesionales capaces de acompañarlo durante años.
Los testimonios que he recogido apuntan a una preocupación: la atención especializada disponible resulta limitada frente a las necesidades de estos menores. Es indispensable conocer cuántos especialistas existen realmente, cuántos niños reciben atención continua y cuánto tiempo deben esperar.
La Secretaría de Salud de Guanajuato debería impulsar una política pública específica que garantice cobertura psicológica, psiquiátrica y psicopedagógica para todos los niños bajo protección institucional que la necesiten.
No consultas ocasionales. No soluciones improvisadas. Atención especializada, permanente y garantizada.
También es urgente fortalecer a la Procuraduría Estatal de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes, la PEPNNA. Una institución con semejante responsabilidad necesita presupuesto suficiente, personal capacitado y herramientas para cumplir su labor.
Porque rescatar a un niño de la violencia es apenas el comienzo. Reconstruir su vida es la verdadera responsabilidad.
Y aquí surge una contradicción incómoda.
México ha demostrado que puede movilizar millones de pesos para causas sociales. El Teletón es un ejemplo de esa capacidad de solidaridad. Su trabajo en favor de personas con discapacidad merece reconocimiento.
Pero ¿por qué no hemos logrado una movilización semejante para los niños que llegan solos a una institución, después de sufrir abandono, maltrato o abuso sexual?
No se trata de quitar recursos a una causa para entregarlos a otra. Se trata de preguntarnos cuánto vale el futuro de un niño que no tiene padres que salgan a pedir ayuda por él.
Muchos de estos menores están sujetos a procesos judiciales o medidas de protección que obligan a preservar su identidad. Esa confidencialidad es indispensable, pero también dificulta visibilizar sus historias para obtener apoyos.
No pueden ser utilizados como instrumentos de recaudación, pero dificulta mucho el proceso de concientizar el grave problema que existe …
El Estado debe garantizar recursos suficientes, transparentes y oportunos, sin que los trámites burocráticos se conviertan en obstáculos para una terapia, una valoración psiquiátrica o una intervención psicopedagógica.
La burocracia no puede valer más que la salud mental de un niño.
Y hay algo todavía más preocupante.
En Guanajuato hablamos constantemente de inseguridad, delincuencia, policías, patrullas y cárceles. Pero ¿cuánto estamos invirtiendo en atender las raíces de la violencia?
La infancia es una de ellas.
El abandono, el abuso y el maltrato pueden dejar consecuencias emocionales profundas. Sin atención adecuada, esas experiencias pueden aumentar factores de riesgo relacionados con la exclusión, las adicciones y las conductas delictivas.
Eso no significa que los niños institucionalizados sean delincuentes en potencia. Significa que debemos evitar que la violencia que sufrieron limite sus oportunidades de construir un futuro diferente.
Invertir en su recuperación también es prevenir la delincuencia.
Pero estos niños tienen una desventaja adicional: no votan.
No financian campañas, no representan grupos de presión y no pueden exigir públicamente mayores presupuestos. Sus necesidades pueden quedar relegadas frente a otras prioridades políticamente más visibles.
Y eso debería preocuparnos.
Guanajuato necesita fortalecer a la PEPNNA, ampliar la atención especializada de la Secretaría de Salud, garantizar recursos a los centros de asistencia social y desarrollar programas educativos, emocionales y laborales que acompañen a estos niños hasta su vida adulta.
No podemos exigir independencia a jóvenes que crecieron sin una red familiar si nunca les proporcionamos las herramientas para construirla.
Después de escuchar y ver sus historias, estoy convencido de algo: invertir en estos niños no es un gasto asistencial. Es una inversión en justicia social, desarrollo humano y seguridad pública.
Es darles la oportunidad de convertirse en adultos preparados, emocionalmente más sanos, capaces de estudiar, trabajar y construir una vida digna.
Y también es intervenir a tiempo para que un niño que sufrió violencia y que, ante la acumulación de factores de riesgo, podría llegar a involucrarse en la delincuencia, encuentre un camino distinto.
No porque estuviera destinado a delinquir, sino porque merece oportunidades que reduzcan ese riesgo.
El Estado puede invertir hoy en reconstruir la vida de un niño o enfrentar mañana consecuencias sociales mucho más dolorosas y costosas.
La niñez es la raíz de nuestra sociedad. Y una sociedad que abandona sus raíces no debería sorprenderse cuando sus problemas crecen.
Porque estos niños no votan hoy, pero el futuro de Guanajuato también depende de ellos.
Hace unos días, una activista me decía algo que me dejó reflexionando: estos niños necesitan, por encima de muchas cosas, un sentido de pertenencia.
Muchos no tienen una familia que los espere, un hogar al cual regresar ni alguien que los abrace. Lo único que les queda es el Estado, y cuando este también les falla, el abandono se repite.
Ahora imagina que fueras tú ese niño: sin padres, sin hogar, sin nadie que te espere y con un Estado que tampoco responde. ¿Cómo te sentirías si descubrieras que no perteneces a ningún lugar y que, aparentemente, a nadie le importas?
Porque no se trata de tocar corazones, sino de transformar vidas con acciones.




