El Acueducto Solís dejó de ser solamente un proyecto hidráulico. Se convirtió en un problema político. Y ahí comenzó el desorden.
Una obra que pretende garantizar agua para Guanajuato durante las próximas décadas no se construye únicamente con tuberías, presupuesto y estudios técnicos. Se construye con acuerdos. Y esos acuerdos llegaron tarde.
Durante meses crecieron las dudas entre productores y comunidades. Desde mi perspectiva, Morena y el Gobierno Federal cometieron un error elemental: no socializar suficientemente el proyecto antes de que la incertidumbre llenara los espacios que dejó la información oficial. En política, los vacíos nunca permanecen vacíos. Alguien los ocupa.
Y ocurrió con el Acueducto Solís.
La escena de Acámbaro lo resume. Libia Dennise García llegó y encontró manifestantes contra el proyecto. Podía continuar su agenda, mantenerse lejos o mandar a un funcionario. Hizo otra cosa: caminó hacia ellos, escuchó sus reclamos y ofreció diálogo.
No resolvió el conflicto. Tampoco significa que la gobernadora tenga automáticamente la razón o que los inconformes estén equivocados. Significa algo más elemental: dio la cara.
Libia hizo lo que durante meses hizo falta alrededor del proyecto: entrar directamente al conflicto.
Jorge Jiménez Lona entendió también la dimensión del problema. El secretario de Gobierno ha tenido que entrar a negociar, escuchar y evitar que un asunto técnico termine convertido definitivamente en una batalla política. Porque esto ya no se resolverá desde un escritorio: habrá que sentarse con productores, explicar números y regresar las veces que sea necesario.
Pero en medio de todo esto aparece una ausencia incómoda.
¿Dónde está el secretario del Agua?
Si estamos frente a uno de los proyectos hidráulicos más importantes de Guanajuato, su liderazgo político y social debería ser evidente. Desde mi perspectiva, no lo ha sido.
No basta saber de hidráulica, tecnificación o metros cúbicos. Quien encabeza la política del agua necesita también capacidad de negociación: sentarse durante horas frente a productores molestos, responder preguntas, explicar el proyecto y construir confianza.
Cuando la gobernadora y el secretario de Gobierno tienen que asumir personalmente la operación política de un conflicto esencialmente hídrico, la pregunta resulta inevitable: ¿qué papel está jugando entonces el secretario del Agua?
Morena tampoco debería convertir automáticamente la oposición al acueducto en una disputa partidista. Hay productores con dudas legítimas, comunidades que quieren garantías y personas que temen perder agua. Puede haber también actores intentando obtener beneficios políticos del conflicto. Una cosa no cancela la otra.
Por eso hacen falta menos discursos y más administración. Menos PAN contra Morena. Menos Federación contra Estado. Más números, más técnicos, más territorio y más acuerdos.
La imagen que queda es la de una gobernadora caminando hacia quienes protestaban contra uno de los proyectos más importantes de su propia administración.
Gobernar no consiste solamente en acercarse a quienes aplauden.
También hay que caminar hacia quienes gritan.
Libia lo hizo en Acámbaro.
Ahora falta lo más difícil: que Federación y Estado hagan su parte, que los inconformes sean escuchados y que el proyecto sea explicado hasta despejar las dudas.
El futuro del agua de Guanajuato es demasiado importante para convertirlo en combustible electoral.









