Desentierran un Ferrari Dino robado y lo devuelven a las carreteras
En febrero de 1978, unos niños que jugaban en el jardín de una vivienda de West Athens, en Los Ángeles, descubrieron una superficie metálica mientras cavaban. El objeto parecía el techo de un automóvil.
Tras avisar a las autoridades, los detectives Joe Sabas y Dennis Carroll acudieron al lugar. Los agentes continuaron la excavación para descartar que se tratara de un cadáver oculto. Sin embargo, encontraron un automóvil completo y sin indicios de drogas u otros objetos delictivos.
Se trataba de un Ferrari Dino 246 GTS de 1974, pintado en verde metalizado. El vehículo tenía el número de chasis 07862 y la matrícula 832 LJQ.
El automóvil había sido enterrado de forma deliberada. Estaba cubierto con láminas de plástico, mantas y otros materiales destinados a reducir la entrada de humedad y suciedad. En el habitáculo, varios trapos y toallas protegían las tomas de aire.
Un robo utilizado para cobrar el seguro
La matrícula permitió identificar al propietario: Rosendo Cruz, un fontanero de Alhambra. Cruz había comprado el Ferrari en octubre de 1974 a Hollywood Sports Cars por 22.500 dólares.
Pocas semanas después, denunció que el vehículo había sido robado. La aseguradora Farmers Insurance aceptó el siniestro y pagó la indemnización correspondiente.
Años más tarde, un informante contactó con el detective Dennis Carroll y ofreció una explicación diferente. Según su testimonio, Cruz habría planeado el robo desde el principio con el objetivo de cobrar el seguro.
El propietario habría contratado a varias personas para hacer desaparecer el Ferrari en el océano Pacífico. Los implicados, no obstante, decidieron no destruirlo ni hundirlo.
En su lugar, enterraron el automóvil completo en un terreno de West Athens. Su intención era recuperarlo cuando el caso dejara de llamar la atención, pero nunca regresaron por él.
Con el paso del tiempo, el terreno se convirtió en una zona residencial. Las viviendas se construyeron sobre el antiguo lugar de ocultamiento y el Ferrari permaneció bajo tierra durante aproximadamente cuatro años, hasta que los niños encontraron su techo.
Daños estructurales y mecánicos
Las primeras imágenes hicieron pensar que el vehículo se había conservado razonablemente bien. Sin embargo, la inspección realizada por Farmers Insurance mostró daños importantes.
El óxido había afectado la carrocería y el interior. Los rines estaban deteriorados y los sistemas de escape se encontraban llenos de lodo. Además, el proceso de extracción agravó el estado del automóvil: el cofre del motor quedó parcialmente aplastado, el techo sufrió varias deformaciones y el parabrisas se rompió.
La exposición del Ferrari también generó problemas de seguridad. Farmers Insurance mostró el vehículo durante dos semanas en un almacén de Pasadena con la intención de venderlo, pero algunas piezas que no estaban fijadas desaparecieron durante la exhibición.
De vehículo siniestrado a pieza restaurada
Después de varias ofertas, el Ferrari fue adquirido por Ara Manoogian, un empresario inmobiliario de Los Ángeles, por algo más de 5.000 dólares.
Brad Howard, que realizaba negocios inmobiliarios con Manoogian, conoció la historia del automóvil y propuso comprarlo con una condición: que volviera a funcionar.
Para recuperar el vehículo se recurrió al especialista en Ferrari Giuseppe Cappalonga, quien se encargó de reparar y poner en marcha el motor.
La conservación del Dino pudo verse favorecida por la sequía que afectó a California durante buena parte del tiempo que permaneció enterrado. El terreno seco habría limitado la humedad y reducido la progresión de la corrosión, aunque no evitó los daños provocados por el contacto prolongado con la tierra.
El Ferrari fue restaurado en 1978. Tras la intervención, recuperó su aspecto original y volvió a circular por las carreteras de California. A diferencia de algunas versiones difundidas posteriormente, el vehículo quedó registrado a nombre de Brad Howard después de la restauración.
Como recuerdo de su historia, Howard instaló una matrícula personalizada con la inscripción “DUG UP”, expresión inglesa que significa “desenterrado”.
El caso se convirtió en un ejemplo de cómo la identificación mediante matrícula y número de chasis permitió reconstruir el historial del vehículo, detectar la posible simulación de un robo y recuperar un automóvil de alto valor histórico.







