Por Mario Felipe Cervantes Villegas
Hay una coincidencia incómoda dentro del imaginario político de Andrés Manuel López Obrador y de Morena que pocos se atreven a señalar.
Dos de las figuras más reivindicadas, defendidas o romantizadas desde ciertos sectores del obradorismo cargan también con una sombra ligada a la violencia, a Estados Unidos y a señalamientos criminales.
Pancho Villa y Rubén Rocha Moya.
Sí, las distancias históricas son enormes. Uno fue caudillo revolucionario del siglo XX; el otro, gobernador de Sinaloa en pleno siglo XXI. Pero existe un punto donde ambas narrativas comienzan a cruzarse peligrosamente.
Pancho Villa pasó a la historia oficial como héroe revolucionario. Sin embargo, para Estados Unidos también fue el responsable del ataque contra Columbus, Nuevo México, en 1916, donde murieron civiles y militares estadounidenses.
Aquella incursión provocó la famosa Expedición Punitiva ordenada por el presidente Woodrow Wilson, quien envió tropas encabezadas por el general John J. Pershing para capturarlo dentro de territorio mexicano.
Durante meses, Villa fue perseguido por el gobierno estadounidense.
Pero además de su imagen revolucionaria, Villa fue señalado históricamente por fusilamientos, saqueos, secuestros, represalias violentas y uso del terror como mecanismo de control territorial durante la Revolución Mexicana.
Más de un siglo después, el nombre de Rubén Rocha Moya aparece constantemente en medio del colapso de seguridad que vive Sinaloa y de la guerra interna vinculada a facciones del Cártel de Sinaloa.
Rocha Moya ha sido uno de los gobernadores más cercanos políticamente a López Obrador dentro de Morena. Incluso en medio de las crisis de violencia y de los señalamientos nacionales e internacionales, el respaldo político desde el obradorismo nunca desapareció.
Las sospechas alrededor de Rocha crecieron todavía más tras el asesinato de Héctor Melesio Cuén Ojeda, exrector de la UAS, luego de que versiones posteriores contradijeran la narrativa inicial del crimen y surgieran menciones sobre una supuesta reunión donde estarían presentes Rocha, Cuén e Ismael “El Mayo” Zambada.
Aunque Rocha Moya ha negado cualquier vínculo criminal y hasta hoy no existe una sentencia judicial firme en México en su contra, su nombre ha sido relacionado con investigaciones, acusaciones y señalamientos sobre presuntos nexos con grupos del narcotráfico, particularmente con facciones ligadas a “Los Chapitos”.
Y ahí aparece la coincidencia incómoda.
Pancho Villa y Rocha Moya terminaron convertidos en figuras defendidas o reivindicadas desde el discurso político obradorista mientras alrededor de sus nombres permanecen la violencia, la confrontación con Estados Unidos y el sufrimiento de miles de personas.
Uno dejó la sangre de Columbus.
El otro goberno en medio de la sangre de Sinaloa.
Tal vez ya es momento de darle una verdadera clase de historia a algunos congresistas locales de Guanajuato.
Porque resulta contradictorio escuchar discursos de superioridad moral mientras se romantizan personajes ligados a la violencia, al autoritarismo o a estructuras criminales.
Y en medio de todo eso, empieza a cobrar sentido la polémica declaración del alcalde morenista César Prieto cuando habló de un posible “Operativo Enjambre” para ciertos personajes políticos locales.
Más allá de la controversia, la discusión de fondo es inevitable:
¿Por qué algunos sectores políticos siguen intentando convertir figuras polémicas y violentas en héroes populares?
La historia demuestra que cuando la política comienza a romantizar criminales, los pueblos terminan pagando las consecuencias.








