Rolando Daza
Apunte:
Hace un año, el bolsonarismo, el movimiento de derecha fundado por Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, estaba desapareciendo. Bolsonaro había sido condenado a 27 años de cárcel por planear un golpe de estado tras perder las elecciones de 2022 contra su rival, Lula da Silva. Las pruebas eran definitivas. Con la condena de Bolsonaro parecía que su movimiento llegaría a su fin.
Hoy, el grupo de Bolsonaro parece regresar. Inhabilitado de postularse para un cargo público, el expresidente eligió a su hijo mayor, Flávio, para enfrentarse a Lula en las elecciones generales del 4 de octubre. En la primera vuelta, Flávio supero con el 47% de los votos por el 45% a Lula. Como ningún candidato obtuvo más de la mitad de los votos, se irá a segunda vuelta el 25 de octubre.
En estos momentos, Brasil, es un país dividido, con dos visiones de gobierno. Esta 1ª. jornada da un diagnóstico de la situación. Lula declaró su sorpresa con los resultados, se sentía seguro de una victoria en la primera vuelta.
En el análisis, se observa la necedad de Lula de construir su campaña en torno a su propia persona, a su legado, a los logros de sus años de gobierno (3 periodos presidenciales, combinados con cárcel de por medio y el regreso a la política después del gobierno de Bolsonaro padre).
Lula relegó a los asesores que lo invitaban a lanzar una campaña con mensajes cercanos a la gente, con respuestas modernas y actualizadas a los problemas de Brasil. Se negó, prefirió apuntalar su imagen, su trayectoria y su obra a lo largo de 12 años de gobierno.
Una fracción del electorado está con él, lo respaldan sus programas económicos y sociales que han sacado a millones de brasileños de la pobreza. Pero no fue suficiente, los programas sociales no alcanzan para ganar una elección sustentada en la personalidad “victoriosa” de un caudillo.
Por su parte, otro grupo del electorado, en este caso mayoritario, quiere otro Brasil, un país potente, con inversiones, que apunte a la modernidad y a la relación con el mundo, con un gobierno eficiente, sin amigos, compadres o favoritos.
Los clamores de los votantes el pasado 4 de octubre, exhiben a un gobierno de amigos de Lula, no necesariamente preparados para ejercer sus cargos. Un gobierno ineficiente que dejó de ofrecer alternativas para una parte importante de la población.
Tomando el dicho mexicano, “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”
Observamos, los programas sociales no aseguran ganar las elecciones, aunque una parte importante del electorado asegure su voto por el dinero que recibe. No alcanza, porque hay otras partes de la sociedad que quieren un país pujante, con crecimiento, productivo, con inversión, con seguridad a prueba de narcobalas, con buenos servicios de salud y educación de calidad, pero, sobre todo, sin corrupción.
Lula se empeñó en cantar sus logros (muchos indudables), pero olvidó a los descontentos, a los que no representa, a los que quieren y piden un mejor país. En nuestro contexto, es momento de escuchar a los millones de mexicanos que no se sienten representados por las políticas y programas de gobierno.





