Henry Ford, impulsor de la producción en serie y del Ford Modelo T, sostenía una postura estricta frente a la autopercepción de los trabajadores. De acuerdo con Richard Snow, en su libro Yo inventé la era moderna: El ascenso de Henry Ford, Ford consideraba que ningún empleado debía asumirse como un experto absoluto.
Su razonamiento era que la sensación de dominio total podía limitar la capacidad de cuestionar los procedimientos y buscar mejoras. Desde esta perspectiva, un trabajador que creyera conocerlo todo corría el riesgo de dejar de analizar sus métodos y rechazar nuevas posibilidades antes de probarlas.
La postura estaba relacionada con el funcionamiento de las fábricas de Ford. La producción en serie dividía la fabricación en tareas específicas y repetitivas. Cada empleado debía ejecutarlas con precisión y mantener un ritmo constante para evitar interrupciones en el resto de la cadena.
En ese sistema, una falla en un puesto podía afectar toda la producción. Por ello, la especialización era necesaria, pero Ford buscaba que no se convirtiera en una actitud de superioridad ni en resistencia al cambio.
La utilidad de este enfoque estaba en promover una cultura de mejora continua. El conocimiento técnico debía servir para perfeccionar los procesos, no para considerar que ya no existían alternativas.
Ford también aplicó medidas para reducir el ausentismo y conservar a los trabajadores, como ofrecer salarios superiores a los de otras compañías y vincular parte de los beneficios con los empleados. Estas condiciones atrajeron a miles de personas a sus fábricas.
Aun así, Ford mantuvo el control de las decisiones principales porque consideraba que tenía una visión global de la compañía y del producto. El éxito del Modelo T reforzó su confianza en sus propios criterios, incluso cuando algunas de sus propuestas parecían poco convencionales.






