En un tiempo en el que la Guerra Civil Española arremetía con fuerza, Morelia emergió como un refugio seguro, alejado del caos y los combates. La ciudad ofrecía un entorno donde los niños exiliados, incluidos dos gemelos, podían vivir sin temor.
A su llegada, Matías y Fico se unieron a una fila de niños que desfilaban por la calle central de Morelia. Matías, aunque disfrutaba del nuevo lugar, anhelaba regresar pronto a su Andalucía natal. Fico, en contraste, había perdido a sus padres en el conflicto y ya no deseaba volver a un hogar donde la violencia había sido una constante.
Fueron alojados en un internado, que si bien prometía seguridad, no siempre resultaba un espacio idóneo. Matías, de carácter fuerte, asumió la responsabilidad de cuidar a su hermano, más reservado y tranquilo.
Al alcanzar la adolescencia, Matías tomó la decisión de escapar con la esperanza de regresar a su tierra. En cambio, Fico optó por permanecer en Morelia, donde encontró estabilidad.
Con el tiempo, Matías logró embarcarse hacia Francia después de varios años de trabajo en los muelles de Veracruz, pero nunca pudo materializar su deseo de volver a Sevilla. Se estableció en Marsella, donde formó una familia y trabajó como capitán de un remolcador.
Fico, por su parte, construyó una vida en Morelia trabajando en una notaría durante más de dos décadas y se convirtió en un filatelista reconocido, intercambiando estampillas con errores que enriquecían su colección.
A lo largo de los años, los hermanos mantenían el vínculo a través de cartas anuales en sus cumpleaños. A pesar de la distancia y las diferencias en sus vidas, el acto de escribir y recibir noticias del otro era un ritual que les brindaba consuelo.
En la última carta de Matías, reflejaba su entorno: «Querido Hermano: hoy el mar es más azul que de costumbre. Espero que te encuentres bien». Fico respondía desde su propia realidad: «Querido Hermano: hoy cumplimos cincuenta años y estoy alegre porque conseguí la estampilla de La Giralda. Deseo que seas feliz».
Ambos, en diferentes continentes, depositaron sus cartas, conscientes de que la vida los había llevado por caminos distintos pero unidos por un lazo inquebrantable.









