Juan Miguel Alcántara Soria
Manifestaciones de estudiantes en Paris y otras ciudades de Francia escalaron a actos vandálicos el 18 de octubre. Iniciaron con demandas de mejoras a servicios en liceos. Se sumaron reclamos por costo de la vida. Vino respuesta policial excesiva, luego saqueos y violencias contra fuerzas del orden. En España, el 26 de septiembre, miles de personas marcharon, y cientos pasan la noche en Puerta del Sol, de Madrid, por el costo de rentas de vivienda; en víspera de elecciones. Ola violenta se expandió a Milán. Otros países en alerta. Trump yerra al atribuirlo a migrantes. Analizar hechos con cabeza fría y empatía es un reto.
Pilar, mi hermana, nos compartió opinión de su yerno, Sacha -quien vive en París-. Dice es difícil entender el momento francés. Manifestantes reclaman hace un mes mejoras educativas y acceso menos asfixiante a universidades. Se agregaron más sectores, por carestía de la vida. La respuesta policial “inflamó” reacción juvenil, e incluso migrantes. Saquean negocios e incendian vehículos e inmuebles. Un fracaso del presidente Macron, quien no declaró emergencia, perdió legitimidad, “esperando migajas de los ricos”, concluye. (PIB, productividad, inversión privada, estancados. Con deuda pública sostienen hace décadas gasto y programas sociales, y con envejecimiento poblacional, son ya inviables).
En Italia, la primera ministra, Giorgia Meloni, de mejores reflejos que los presidentes español y francés, respondió de inmediato con medidas de reconocimiento biométrico, incluso con Inteligencia Artificial, “para darle nombre a quienes se esconden en capuchas”. Lamentó menores convocados en redes sociales; el más pequeño de los detenidos, con 11 años, “nos cuestiona a todos”. “No hay idea política, ni malestar u oposición al gobierno que justifique saquear una tienda, patrimonio de una familia”.
Con María, mi hija, intercambiamos opiniones, luego divergentes. Ella asume que la crisis inmobiliaria en España se debe a renteros especuladores. Ven cuestionable alguien ahorre, adquiera vivienda, y gane con ello: es “ley de la selva”. Yo alego que la escasez de vivienda se resuelve con ahorro e inversión pública y privada pertinentes, especialmente de vivienda de interés social, en ambientes de seguridad; que los gobiernos populistas acuden al endeudamiento público excesivo para subsidios improductivos y pensiones impagables al tiempo, lo que estallará a su generación y subsiguientes. Ella me pide no validar tesis de fachos.
En conversaciones con mis hijos afirmo que las condiciones de mi generación “boomer” (nacida 1946-64), en tiempos de relativa paz y bonanza económica, y de la generación X, son más propicias que las actuales para avanzar proyectos de vida, con esfuerzo constante. Un buen punto de partida era lograr una licenciatura en una buena escuela. Luego una oportunidad laboral que permitiese desplegar las capacidades profesionales. Construir una red de relaciones múltiples generaba una plataforma para satisfacer las necesidades de diversa índole, incluyendo el ahorro para vivienda, y desplegar otras potencialidades, y cumplir deberes familiares y con la comunidad.
A las generaciones siguientes, millennials (Y), centennials (Z), aun con maestrías y doctorados, nativos digitales, primeras realmente globales, de crisis como las del 2008, las condiciones son menos propicias para trabajos bien remunerados, ahorro y adquisición de vivienda propia. Y lo serán para las generaciones Alfa y Beta.
Es legítimo el reclamo por mejores oportunidades escolares, laborales, de vivienda. Esta época es difícil en el aspecto económico, entreverado con problemas políticos y sociales. Hay que reconocer que la economía es una dimensión de nuestra existencia como seres humanos, necesitados de bienes y servicios para poder sobrevivir y desarrollarnos de acuerdo con nuestra naturaleza de personas humanas: espíritus encarnados en cuerpo material, viviendo en sociedad. Todos los aspectos de la vida humana están condicionados por la economía.
El reto intergeneracional más apremiante, aquí y allá, es la suficiencia para todos. Los populismos de izquierdas y derechas no lo sabrán atender. Frente al individualismo y el colectivismo, sostengamos la idea de la solidaridad complementaria entre la persona individual y la sociedad humana.
De manifestaciones en Europa y divergencias intergeneracionales

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