En 1993, un caso impactante sacudió la provincia de Casma, Perú, al resurgir recientemente en redes sociales. El hecho, protagonizado por una joven de 23 años, consistió en el asesinato de su hijo recién nacido y la posterior ingesta de parte de su cuerpo.
La cobertura mediática del momento la etiquetó como «la mujer caníbal», un término que ha opacado una realidad más compleja. La vida de la acusada estuvo marcada por una grave enfermedad mental, abuso sexual, condiciones de pobreza extrema y la inadecuada respuesta de un sistema de salud que llegó tarde.
Según informes de la época, el bebé, de tan solo dos meses, fue asfixiado por la madre, quien luego extrajo algunos de sus órganos y los cocinó. Las autoridades, al ingresar a la vivienda, hallaron restos del niño en la cocina, mientras la madre presentaba un estado de delirium que justificó su comportamiento.
El caso recibió atención inmediata, pero su tratamiento por parte de la prensa fue en gran medida sensacionalista. Las investigaciones revelaron que, durante el interrogatorio, la acusada mostraba una desconexión de la realidad, afirmando escuchar voces que la guiaban.
En lugar de ser juzgada como una criminal común, fue trasladada a un hospital psiquiátrico, donde se determinó que su comportamiento estaba influenciado por voces que le indicaban cómo actuar. Su internamiento fue prolongado y desde entonces ha estado bajo tratamiento.
Hoy, con cerca de 50 años, Berrocal se encuentra en la fase final de un extenso tratamiento psiquiátrico. Recientemente fue evaluada de nuevo en el Hospital Víctor Larco Herrera, el principal centro psiquiátrico del país, donde se concluyó que sus actos estaban conectados a una epilepsia mal diagnosticada y episodios de psicosis aguda.
Su historia ha resurgido en redes sociales tras la difusión de una entrevista en la que relatan los sucesos previos al crimen, en la que menciona la influencia de voces en su toma de decisiones.
El contexto de su vida también ha sido objeto de análisis. Nacida y criada en Casma, fue adoptada por una familia con vínculos a un movimiento político con prácticas religiosas severas. Según informes, Berrocal fue víctima de abuso sexual por parte de su hermano adoptivo, lo que resultó en el nacimiento de su hijo. Este abuso nunca fue denunciado, ya que la familia lo silenciaba, y no recibió el apoyo psicológico necesario.
A lo largo de su tratamiento, ha confirmado haber experimentado alucinaciones auditivas que alteraban su percepción de la realidad. En esos momentos, su hijo era visto como un peligro, lo que aumentaba su impulso por perjudicarlo.
Los diagnósticos sobre Berrocal han sido variados, desde esquizofrenia hasta psicosis postparto, hasta que finalmente recibió un tratamiento adecuado en el Hospital Víctor Larco Herrera. Su evolución ha sido progresiva y hoy es considerada una “paciente compensada”. Vive en un entorno controlado, trabaja en la venta de dulces y sigue un régimen de controles médicos.
El caso subraya la intersección entre salud mental, violencia estructural y la responsabilidad institucional, reflejando cómo la desinformación y la falta de apoyo pueden tener consecuencias devastadoras.







